Nunca, en todo lo largo de los mil años de su vi-
da juntos, sintió aquel brinco ridículo que
provocan los celos comiéndose la boca del estóma-
go, jamás sino hasta que la punta de una hebra le ca-
yó tan cerca que con sólo jalarla desbarató de golpe
una madeja de vinos y voces, viajes y besos, cartas y
cosas, palique y poemas que le dejó de golpe todas
las dudas y todas las certezas de las que ella no hu-
biera querido saber.
Ángeles Mastretta
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