Trató de no saberlo y no pensarlo y se hizo con
mil razones un ensalmo: "eso es asunto de cada
quien y yo no soy quién para juzgar a quién" repi-
tió durante horas, durante días, durante meses. Lle-
gó a tal grado su despliegue de imperturbable sere-
nidad que incluso consiguió engañarse hasta pensar
que no pasaba nada, y que si algo pasaba en otra
parte a ella nada le pasaba. La libertad que se pro-
metieron una tarde de luz naranja, entre las sába-
nas de un hostal para estudiantes, no merecía tocar-
se con repoches.
*Ángeles Mastretta
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